¿Qué son las emociones y cómo nos afectan?
¿En qué afectan a nuestra salud?
¿Hay alguna forma de sacarles el mejor partido, incluso a las emociones desagradables?
Las emociones son una energía muy potente.
Si los humanos fuéramos bombillas, las emociones serían nuestra luz y nuestra electricidad sería el agua, la comida, la luz del sol, el aire y también las emociones de los demás. Es evidente que las emociones son necesarias para vivir, pero también son causa de desgracia y de enfermedades. ¿Por qué? ¿Cómo podríamos sacarles siempre el mejor partido?
¿Por qué una emoción puede dañarnos físicamente?
Las emociones forman parte de nuestro viaje por la vida. Cuando nos vemos invadidos por una emoción, lo natural sería expresarla. Esto podemos hacerlo de mil maneras, riendo, llorando, bailando, escribiendo, hablando, gritando o simplemente respirando…
Si, cuando nos llega una emoción, la sentimos, le damos su lugar, “le sacamos el jugo” y la dejamos partir, entonces, todo va bien.
El problema viene cuando no nos damos la ocasión de encarnar, de escuchar esa emoción, de mirarla de frente, de reconocerla y de darle su lugar en nuestra vida. La ironía es que cuando insistimos en negar una emoción no la dejamos marchar y entonces queda atrapada (literalmente) en alguna parte de nuestro cuerpo.
Pero, ¿por qué razón no querríamos sentir una emoción? La respuesta más fácil sería porque no nos gusta. Porque muchas veces no tenemos ganas de reconocer ciertas emociones que nos parecen “indignas” o “desagradables”, como podrían ser los celos, la envidia, la frustración, el miedo o incluso la tristeza. También podría ser, por las circunstancias que estamos viviendo en el momento en el que nos llega esa emoción. Pues bien, una emoción es una vibración con una frecuencia de onda determinada que va a estar vibrando en su propia frecuencia en el órgano o tejido en el que se haya quedado atrapada. Esa vibración constante perturba la vibración que ese órgano o tejido tiene de por sí. Y esto multiplicado por la cantidad de años que la emoción pueda quedarse ahí atrapada, puede generar todo tipo de problemas, incluso molestias o enfermedades físicas.
¿Cómo podemos sacar el mejor partido a nuestras emociones?
Para empezar, podríamos, honrar nuestras emociones: escucharlas, vivirlas, sentirlas… Como si se tratara de un paisaje inesperado.
La primera vez que fui a Roma, llegué en autobús. Tenía muchas ganas de ver las ruinas, la fontana de Trevi, los cafés… Pero la primera cosa que vi por la ventana de ese autobús fueron unos edificios horribles, grandes y grises, que no me gustaron nada. Seguramente se trataba de los barrios del cinturón, muy parecidos a los de mi ciudad natal, Barcelona.
Pero estaba en Roma, así que miré esos edificios con los ojos bien abiertos y con mucha curiosidad, aunque, siendo objetiva, no me gustaban nada.
Lo que quiero decir es que también podemos vivir nuestras emociones desagradables como esos edificios horribles de una ciudad desconocida, sin mentirnos, respecto a si nos gustan o no, pero con curiosidad y la certeza de que la fontana de Trevi nos espera siempre en alguna parte.
Pero, lo cierto es que todos hemos atrapado emociones a lo largo de nuestras vidas, es algo muy normal.
Por eso, existe una técnica llamada “el código de la emoción” o “liberación emocional”, como me gusta llamarla a mí, que sirve precisamente, para liberarse de esas emociones que hayamos podido atrapar a lo largo de nuestra vida.
Como liberadora emocional, he tenido la suerte de probar la eficacia de esta técnica en varias ocasiones. Por ejemplo, una persona con insomnio que, después de una sesión pudo volver a dormir como un bebé. Un caballo al que, después de liberarle una sola emoción, le desapareció un problema de laminitis recurrente, que tenía desde hacía años (sí, los animales y las plantas también pueden atrapar emociones). Y, por supuesto, también lo he probado conmigo misma, lo he practicado casi a diario en ciertos momentos de mi vida. Los cambios a veces han sido espectaculares, como cuando me fisuré el peroné y pasé de sentir un dolor casi insoportable a una ligera molestia, después de liberar “el susto” de la caída que provocó esa rotura.
Y si no llegas tú sólo, ¡puedes contar conmigo!
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