
En un curso de escritura que realicé, una de las primeras cosas que nos recomendaron fue hacerse con una buena libreta y un buen bolígrafo.
Ordenar sin sufrir: sí, es posible
¿Te suena eso de “odio ordenar” o “no quiero pasarme la vida limpiando”?
A mí también. Pero ordenar o limpiar, no tiene por qué ser un castigo ni una tortura. Solo hay que aprender a hacerlo desde otro lugar.
Cuando pasamos más tiempo pensando en lo poco que nos gusta ordenar y limpiar, que poniéndonos a hacerlo, ¡es agotador! Sí, sí, has leído bien, a veces ponemos tanta atención en pensar «lo terrible que es» que nos lo creemos ¡antes incluso de empezar!
Pero, ¿qué pasaría si cambiáramos el enfoque?
Del amor al odio hay un paso… y del odio al amor ¡también!
Cuando nuestro mensaje interno es del tipo “tengo la casa hecha un desastre”, ya empezamos mal. Con ese tipo de imputs, proponerse ordenar suena a «batalla invencible», a castigo, a obligación, a sufrimiento. El enfoque que hemos tomado, nos agota antes de empezar.
Lo mismo pasaría si alguien, al pensar en subir al Everest, dijera:
“Buf… tengo que subir 8.848 metros, recorrer un camino de unos 40.000 pasos, con nieve, rocas escarpadas, poco oxígeno… ¡esto es una tortura!”
Está claro que, si esa es nuestra manera de ver ese tipo de aventura, es porque no vamos a hacerlo nunca.
Y, sin embargo, hay gente que lo consige y lo viven como una aventura inigualable. ¿Por qué?
Porque no piensan en todo lo que falta. Piensan en el siguiente paso.
Y antes de eso, se han preparado e incluso han pedido ayuda y consejo a profesionales del tema:
- Han entrenado. Se han mentalizado.
- Llevan buen equipo: botas cómodas, ropa adecuada, mochila ligera, comida que nutre.
- Tienen una estrategia: saben cuándo parar, cuándo avanzar, cuándo descansar.
- Y sobre todo: disfrutan del camino. Cada paso les acerca. Cada paso es parte de algo más grande.
¿Y sabes qué? Ordenar tu casa puede funcionar igual.
Las 4 claves para que ordenar no sea un suplicio
1. Prepara el terreno
Saber por dónde empezar. Guardar una lógica. Encontrar el lugar idóneo para cada cosa.
No nacemos sabiendo ordenar, igual que nadie nace sabiendo conducir.
Tal vez lo aprendiste en casa, o tal vez no. Pero se puede aprender siempre.
No todo el mundo tiene facilidad con el orden, y no pasa nada. Para eso estamos quienes hemos recorrido ese camino antes. Para ayudarte con los atajos, trucos y sistemas.
Un buen sistema, te facilita tanto las cosas, que por sí sólo ¡puede transformarse en una fuente de motivación!
2. Equípate bien
Sí, también para ordenar se necesitan herramientas.
No hace falta que compres lo último del mercado. Pero sí necesitas cosas que te lo pongan fácil y te resulten agradables.
Pasando por un trapo que no deje pelusas, o unas perchas que te resulten cómodas y prácticas para tu armario, o unos cajones que no se atasquen para tu baño o tu entrada, o unos tarros herméticos para tu despensa…
Lo importante es que el entorno juegue a tu favor. Que tu cocina, tu armario o tu baño sean lugares funcionales y agradables.
Esto hará que ordenar y limpiar sea tan fácil que te resulte agradable.
3. Un paso detrás de otro
Pon música. Abre la ventana. Respira.
Y elige una sola cosa: vaciar el fregadero.
Solo eso. Cuando termines, recoge los cacharros. Después, limpia la encimera.
Una cosa. Después otra. Sin pensar en todo lo demás.
Cuando haces foco en una acción concreta, se aligera la carga mental. Y sin darte cuenta, la cocina entera está recogida… o el armario de la ropa, o el baño…
Eso es avanzar paso a paso, como en la montaña.
¡Trabajar con foco hace que 10 minutos cundan como 3 horas y eso aumenta tu sensación de satisfacción y dejas de pelearte contigo por no avanzar!
4. Sé honesta contigo
¿Estás cansada de verdad? Para.
¿Tienes 10 minutos con energía? Hazlos valer.
No necesitas dedicarle una hora. Solo estar presente el tiempo que puedas.
Más valen 10 minutos de calidad y concentración que 30 de medias tintas.
Te aseguro que, en sólo 10 minutos al día de tareas del hogar, puedes avanzar muchísimo. ¡Te reto a ponerte un cronómetro para que veas que es verdad lo que te estoy diciendo!
Eso sí: distingue entre cansancio real y las excusas. A veces, nos frenamos porque nos encontramos con retos que nos sacan de la zona de confort, pero eso no es agotamiento, es miedo (o pereza, que suele enmascarar al miedo). Agotamiento es cuando realmente no te queda energía mental o física para seguir, por ejemplo, no te vienen ideas sobre cómo afrontar un reto concreto. Entonces lo dejas y sabes que ¡mañana será otro día! No pierdes el foco y acabas encontrando el camino, más tarde o más temprano.
En cambio, el miedo (disfrazado o no de pereza) es cuando ni te planteas el poder superar ese reto y ni siquiera lo intentas o lo intentas a medias. Esto suele suceder cuando te pones como reto llegar a la cima y te olvidas de todos los pequeños retos que van antes (preparación, equipo, estrategia…) En este caso no hay un foco realista y, por lo tanto, tampoco un camino.
Esta clave es muy importante, porque es la única manera de fijar en tu inconsciente que puedes hacerlo y que además, eres capaz de hacerlo con placer y sin agobios. Ser coherente con una misma, sin caer en las trampas de la mente, es de lo más difícil que vas a encontrar en este proceso. Pero vale mucho la pena ponerse a ello porque, sólo con la práctica, verás que, poco a poco, tu termómetro de la honestidad se irá calibrando y, cuando llegas a tu punto de equilibrio ¡vivir es mucho más fácil!
¿Y si disfrutar también fuera parte del plan?
Ordenar, limpiar, escribir, hacer las cuentas, ir al gimnasio…
Cualquier hábito que nos propongamos cambiar, no sólo es posible, sino que es una de las mejores pruebas de vida que podemos experimentar. Porque nos recuerda que podemos hacer todo lo que nos proponemos y que, además, podemos hacerlo disfrutando del proceso.
Y no se trata solo de llegar a la meta.
Se trata de descubrir esa nueva tú que se va gestando mientras llegas.
Descubriéndote capaz de transformar tu espacio, y cambiando tu espacio, te cambias tú. Porque te rodeas de armonía y eso tiene un impacto directo sobre ti, que hace que te sientas más tú misma, te hables diferente, te cuides, vivas diferente…
En definitiva, se trata de disfrutar de esa «nueva yo» que vas creando a tu medida, a tu gusto.
Recuerda: paso a paso.
Cada paso cuenta. Cada pequeño avance deja huella.
Y es ahí donde sucede lo importante.
Porque cuando elegimos vivir cada paso con conciencia y amabilidad, nos damos cuenta de algo muy profundo:
Somos los inventores de nuestro destino.
Podemos elegir cómo actuar, cómo sentir, cómo vivir nuestras rutinas.
Podemos transformar el caos en orden. El rechazo, en placer. El “tengo que”, en “quiero”. Y lo mejor: podemos hacerlo sin sufrir, disfrutando de cada reto, de cada momento del camino.
Un paso.
Y otro.
Y otro más.
Un paso más es un peso menos.
Pasito a pasito.
Caminar hacia adelante es dejar de mirar atrás.
Con intención.
Con ganas de cuidarte.
Un paso adelante vale por dos: uno por avanzar y otro por no volver atrás.




